LA CARA
Está clarísimo: nuestras pensiones peligran. Todos los que veo que rondan la edad de los que en un futuro alimentarán la Seguridad Social suelen formar parte de un genuino grupo de entes de ambición dispersa, mucho más preocupados por el sitio donde se harán el último tatuaje que por eso que en mi época se llamaba "una carrera".
A veces pienso que muchos adolescentes desconocen la diferencia entre un trabajo y una profesión (al tiempo que desconocen la diferencia entre un libro y un taco para atrancar la puerta). El primero, el trabajo, viene bien para costear Caciques del Mercadona, tunear el Seat Ibiza con letras chinas e incluso hacerse un agujero más en el cuerpo que acompañen a los siete u ocho que ya vienen de fábrica. El segundo, a medio-largo plazo, puede llegar a asegurarte incluso un sitio donde caerte muerto.
La generación de sirvecubatas, despachabolsasdeldia y reponebriksdelcarrefour aspira más a engrosar una larga lista de acompañantes sexuales (con o sin barrigas entre medias) que a mejorar algo que ni siquiera conocen, el currículum.
LA CRUZ
Nuestras pensiones peligran, pero lo harán más por una Seguridad Social cargada hasta las trancas de deudas, debilitada por una mala gestión a merced del capricheo político que por un grupo de jóvenes que, pese a los esfuerzos, no encuentra un mercado laboral que le dé una oportunidad con un mínimo de dignidad. Así es difícil tener ambiciones.
Ni la más especializada carrera Universitaria te asegura una carrera profesional contínua ni un futuro prometedor. Sobramos demandantes de trabajo y faltan oportunidades. Estamos, entonces, bamboleados por una masa empresarial que tiene la sartén por el mango, que sabe cómo exprimirnos, que domina y tortura a sus empleados frente a una clase política que mira hacia otro lado (al tiempo que promueve medidas de creación de empleo tan flojas como el pedo de un borracho).
La realidad a veces no nos permite otra cosa que ganar dinero para el día al día. Así viven muchos, al día. Al menos vivir es más que sobrevivir.